lunes, 15 de febrero de 2016

Cuentos infantiles (?)




Imaginen que llegan a su casa después de un día de trabajo. Es de noche y su hijito (o hijita) les pide que le lean una historia para dormir.  Lo arropan, bajan la luz y van por el periódico del día. Y empiezan: Había una vez 30 ejecutados. Y para ilustrar mejor la historia le enseñan las fotos al niño.

Por supuesto que nadie en sus cabales haría una cosa así. Bueno, nadie en este siglo. (Y quizá ni el anterior.)

Originalmente los cuentos para niños eran mucho más crudos de lo que ahora conocemos. Por ejemplo, el cuento de Caperucita Roja surge en los campos franceses del siglo XV. En algunas versiones del cuento, el lobo obliga a la niña a que se meta con él a la cama (no precisamente para contarle un cuento), pero la niña logra evadir la propuesta diciéndole al lobo que tiene que salir a hacer sus necesidades. El lobo se lo permite pero le amarra fuertemente uno de los pies con una cuerda para que no huya. En su desesperación, Caperucita se rompe el tobillo para poder zafarse y finalmente logra huir para encontrarse con el cazador y el cuento termina con el lobo y la abuela muertos. Estos cuentos, más que entretener, tenían como función aleccionar a los niños sobre los peligros del mundo, por ejemplo a no hablar con extraños y a no apartarse mucho de su casa o sus padres.

Pero no todas las historias de lobos y niñas son tan tremendas.


En junio del 2012 leímos Si yo te dijera de Judy Budnitz. Una de las protagonistas de la novela cuenta una anécdota que nos recuerda a la historia de Caperucita (aunque mucho menos macabra):

Cuando yo tenía doce años, mi padre mató una loba y mi madre hizo una capa para mí con el pellejo. La cabeza de la loba hacía de capucha, con las orejas todavía intactas; las patas delanteras cubrían los hombros; el rabo arrastraba por el suelo. Era un cosa pesada y tosca, con un olor desagradable, pero caliente.

Aquel invierno mi madre me mandaba con frecuencia a recoger plantas medicinales que crecían bajo la nieve. Ella no podía ir, estaba esperando el quinto niño y no podía inclinarse.  Cada vez me adentraba más al bosque. Una tarde, cuando me encontraba de rodillas descansando, con las manos dentro de la blusa, oí el chasquido de una rama.

Qué hay, jovencita, dijo una voz.

Mire a mi alrededor, me quité la capucha y levanté la vista. Vi unas botas en el aire. Un hombre estaba encaramado en lo alto de una rama por encima de mi cabeza.

Dijo: qué buen día, ¿verdad?, y sonrió.

Me di cuenta de que era un bandido.

¿Quieren saber que pasa después? En junio de 2012 leímos Si yo te dijera  de Judy Budnitz. Pueden descargar la novela completa aquí.



3 comentarios:

  1. Muchas gracias. Suena muy interesante. Ya se sabe que en muchos casos, las obras literarias tienen una función didactica, pues nos enseñan algo con ejemplos muy claro. Creo que la violencia ha existido siempre y se ha manifestado y expuesto de diferentes maneras pero no tanto como ahora, y eso es gracias a los medios de comunicación y las redes sociales.

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  2. Muchas gracias. Suena muy interesante. Ya se sabe que en muchos casos, las obras literarias tienen una función didactica, pues nos enseñan algo con ejemplos muy claro. Creo que la violencia ha existido siempre y se ha manifestado y expuesto de diferentes maneras pero no tanto como ahora, y eso es gracias a los medios de comunicación y las redes sociales.

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  3. Me parece que estas narraciones son más apagadas a nuestra realidad y llegan a llamar más la atención, pues ahora ya no creemos en princesas, dragones,castillos y hadas, gracias por brindarnos la información.

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